Mi follada salvaje en el hotel del aeropuerto durante la escala

Estaba en escala en Barajas, Madrid. El vuelo a Barcelona retrasado tres horas. Olor a café rancio del bar, mezclado con desinfectante. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Me pedí un gin-tonic, aburrida. Llevaba falda corta, blusa escotada, porque en viaje soy yo misma, sin filtros.

Lo vi entrar. Alto, traje arrugado, ojos intensos. Parecía de esos ejecutivos ambiciosos, quizás político en tránsito. Nuestras miradas chocaron. Sonrisa. Se acercó. ‘¿Española? Yo vengo de Bruselas, reunión eterna’. Charlamos. Él, Fred, 35 años, ‘cosas de poder’. Yo, Ana, abierta al anonimato del viaje. ‘Solo unas horas libres… ¿por qué no follar sin mañana?’. Dudó un segundo. ‘Joder, sí’. Pagamos y salimos corriendo al hotel del aeropuerto, ese de paso con habitaciones impersonales.

El cruce de miradas en el bar de la terminal

Puerta cierra. Climatización helada erizando la piel. Sábanas blancas crujientes. Nos besamos con hambre. Manos por todas partes. ‘Quítate la ropa’, gruñí. Polla ya dura bajo el pantalón. La saqué, gruesa, venosa. ‘Mmm, qué pedazo’. Me arrodillé, lamí el glande salado. Chupé despacio, lengua girando. Él gimiendo: ‘Joder, Ana… qué boca’. Lo tragué hasta la garganta, saliva chorreando. Él me levantó, tiró en la cama.

Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Bajó, olfateó mi coño depilado. ‘Hueles a puta cachonda’. Separó labios, lengua en el clítoris. Lamía fuerte, succionando. ‘¡Ahh, sí! No pares’. Dos dedos dentro, curvados en mi punto G. Me corrí rápido, chorro mojando las sábanas. ‘Ahora fóllame’, jadeé. Se puso condón, me abrió las piernas. Polla embistiendo, profunda. ‘¡Qué coño apretado!’. Golpes secos, cama chirriando. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando. Él abajo: ‘¡Más rápido, zorra!’.

La urgencia del polvo en la habitación fría

Me puso a cuatro, nalgadas resonando. Entró duro, sacando y metiendo. ‘Me voy a correr…’. ‘Dentro, no pares’. Sudor, olor a sexo. Él explotó gruñendo, yo otra vez temblando. Quedamos jadeando, cuerpos pegados. ‘Ha sido… brutal’, murmuró. Miré reloj: dos horas voladas.

Amanecer asomando por cortinas finas. Su vuelo en una hora, el mío después. ‘Adiós, desconocido’. Beso rápido, sabor a semen y coño. Él sonrió: ‘Guarda el recuerdo en tu maleta’. Salí, piernas flojas, coño palpitando. Anuncios otra vez: ‘Embarque para Barcelona’. Subí al avión, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo quema aún en mi piel.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top