Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me tenía mareada, y las anuncios de vuelos retumbaban: ‘Vuelo IB-123 a París, puerta 15’. Me senté en un taburete alto, cruzando las piernas, con mi falda corta subiendo un poco. Noté su mirada. Alto, moreno, unos 40, con camisa ajustada que marcaba pecho fuerte. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí. Él se acercó.
‘¿Esperando vuelo?’, dijo con acento italiano. ‘Sí, tres horas muertas’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos. Viajero de negocios, habitación en el hotel del aeropuerto. ‘Espera, ¿solo? Yo también estoy sola’, le solté, juguetona. Sentí la adrenalina. Anonimato total, sin mañana. ‘Ven conmigo, matamos el tiempo’, murmuró, mano en mi rodilla. Dudé un segundo. ‘Vale, pero solo unas horas’. Pagamos y salimos, el aire frío de la noche golpeándonos.
El cruce de miradas en la sala de espera
El hotel era impersonal, luces tenues, clim ronroneando. Subimos al ascensor, silencio cargado. En la habitación, drapos blancos crujientes, olor a limpio y desinfectante. Me besó contra la puerta, lengua invasora, manos en mi culo apretando. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le quité la camisa, besé su pecho salado. ‘Pero despacio al principio, ¿eh?’, dije, nerviosa-excitada. Se rio. ‘Te voy a poseer, tranquila’.
Me tumbó en la cama, falda arriba, bragas fuera. Lamía mi coño mojado, dedos jugando mi clítoris. Gemí fuerte, ‘¡Joder, sí!’. Pero yo quería más. ‘Fóllame el culo’, susurré, recordando mis fantasías. Sorprendido, sonrió. ‘¿Segura, puta?’ ‘Sí, métemela ahí’. Sacó lubricante del cajón, untó mi ano con dedos, abriéndome lento. Sentí el frescor, el cosquilleo. Me puse a cuatro patas, nalgas abiertas, ‘Dale, hazme tuya’.
La follada intensa en la habitación
Se colocó detrás, polla dura como piedra, gorda, venosa. La punta en mi entrada, empujó suave. ‘¡Ah, duele un poco!’, jadeé. ‘Relájate, amor’, calmó, salivando más lubri. Entró centímetro a centímetro, estirándome. ‘¡Qué coño tan apretado!’, gimió. Cuando estuvo dentro todo, pausó. Sentí sus bolas pesadas contra mí, calor invadiendo. Empezó a bombear, lento primero, luego feroz. Plaf, plaf, sus huevos chocando mis nalgas, polla hurgando profundo mi recto.
‘¡Fóllame más duro!’, supliqué, empujando contra él. Agarró mis caderas con manos fuertes, martilleando. Sudor goteando, clim helado contrastando nuestro fuego. ‘Tu culo es mío, me lo traga todo’, gruñía. Yo masturbaba mi coño, orgasmos eléctricos subiendo. ‘¡Me corro!’, chillé, ano contrayéndose en su polla. Él aceleró, ‘¡Toma mi leche!’, y explotó dentro, chorros calientes llenándome. Sacó despacio, semen chorreando, alivio dulce.
Nos duchamos rápido, agua caliente lavando pecados. ‘Ha sido brutal’, dijo, besándome cuello. Miré reloj: una hora para mi vuelo. ‘Adiós, desconocido’, sonreí, vistiéndome. Él: ‘Vuelve cuando quieras’. Bajé al aeropuerto, piernas temblando, anuncios retumbando otra vez. Sentada en la sala, con el coño y culo palpitando, sonrisa pícara. Ese recuerdo quema en mi maleta de mano, listo para la próxima aventura.