Mi Escala Torride con un Desconocido en el Hotel del Aeropuerto

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado flotaba en el aire, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo IB-345 a París, puerta 12’. Me senté en el bar de la zona de embarque, con una caña en la mano, piernas cruzadas, falda corta subida un poco por el calor. La clim del aeropuerto me ponía la piel de gallina.

Él apareció de repente. Alto, moreno, traje arrugado como si viniera de un viaje largo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió, ese tipo de sonrisa que dice ‘sé lo que piensas’. Se acercó, pidió un whisky. ‘¿Escale eterna, eh?’, murmuró con acento francés suave. Adrián, se llamaba. Divorciado, volando a París al amanecer. Hablamos poco, pero el roce de su rodilla contra la mía fue eléctrico. ‘¿Hotel cerca?’, preguntó, voz baja. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Sí, joder, vámonos. Solo unas horas’. La adrenalina de saber que me iría pronto me mojó entre las piernas.

El Encuentro en la Sala de Embarque

Cogimos un taxi rápido al hotel cutre al lado del aeropuerto. Recepción impersonal, llave magnética. Subimos, la habitación olía a limpio artificial, clim fría erizando mi piel. Draps blancos impolutos, cama king size. Cerró la puerta y me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, manos bajando mi falda de un tirón. ‘Eres una puta caliente’, gruñó, mientras me quitaba la blusa. Le desabroché los pantalones, su polla saltó dura, gruesa, venosa. Dios, qué ganas.

Me tiró en la cama, piernas abiertas. Lamía mi coño ya empapado, lengua chupando el clítoris, dedos metiéndose dentro, curvados tocando ese punto. Gemí fuerte, ‘¡Joder, sí, come mi coño!’. Le agarré la cabeza, empujando contra mí. Luego, me puse de rodillas, tragué su polla entera, saliva goteando, bolas en mi barbilla. Él jadeaba, ‘Mierda, qué boca’. Me folló la garganta, rápido, urgente. Sabíamos que el tiempo volaba.

La Noche de Follada Urgente

Me volteó boca abajo, nalgas arriba. Entró de golpe, polla abriéndome el coño de par en par. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. Embestidas brutales, piel contra piel, el sonido chapoteante de mi humedad. Me pellizcaba los pezones, mano en mi cuello apretando suave. Cambiamos, yo encima, cabalgando su verga, tetas botando, sudor mezclado. ‘Me vengo’, avisó, y lo apreté más, ordeñándolo. Chorros calientes llenándome, gimiendo los dos. Colapsamos, jadeos, olor a sexo en la habitación.

Pero no paramos. Segunda ronda: me puso contra la pared, piernas enroscadas, follándome de pie mientras oíamos un avión despegando. ‘Rápido, mi vuelo’, susurré. Él aceleró, polla hinchada otra vez, corriéndonos juntos en espasmos. Cuerpos pegajosos, besos salados.

A las cinco, alarma. Luz gris del amanecer filtrándose. ‘Adiós, guarra’, dijo riendo, mientras me vestía. Beso rápido, sin números, solo un guiño. Bajé al aeropuerto, piernas temblando, coño dolorido y satisfecho. Anuncios de vuelos de nuevo, olor a café. Embarqué con ese fuego en mi equipaje de mano, sabiendo que no hay mañana. Solo el recuerdo de su polla y esa libertad salvaje.

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