Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto: un polvo con un desconocido que no olvidaré

Estaba en el aeropuerto de Madrid, joder, con un retraso de tres horas para mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar del hotel al lado me tenía harta. Me senté en la barra, climatización fría que me ponía la piel de gallina bajo la blusa fina. Anuncios de vuelos por los altavoces, voces robóticas… ‘Vuelo EK147 a Dubái, puerta 23’. Yo solo quería un gin-tonic para matar el tiempo.

Ahí lo vi. Alto, traje arrugado, mirada cansada pero intensa. Se sentó dos taburetes más allá, pidió un whisky. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí, él respondió con esa media sonrisa de ‘¿por qué no?’. Hablamos. Se llamaba Alex, empresario en tránsito, escale como yo. ‘¿Vienes de lejos?’, le pregunté. ‘De París, pero mi vuelo sale en cuatro horas’, dijo, voz grave, con acento francés que me erizaba. Reímos de los retrasos eternos, del anonimato de estos sitios. El corazón me latía fuerte, esa adrenalina de saber que en unas horas cada uno tiraba por su lado. Ningún mañana, solo ahora.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

‘¿Subimos?’, murmuró, rozando mi mano. Dudé un segundo, ‘eh, ¿por qué no? Mi habitación es la 204’. Pagamos, subimos en el ascensor silencioso, su mano ya en mi cintura. La puerta se cerró, besos urgentes, lenguas enredadas. Olía a su colonia amaderada mezclada con el ambientador del hotel.

Entramos en la habitación. Drapas blancos impolutos, cama king size, aire acondicionado zumbando. Lo empujé contra la pared, ‘joder, quiero tu polla ya’. Se rio, ‘despacio, guapa’. No, nada de despacio. Le bajé el pantalón, polla dura saltando libre, gruesa, venosa. La chupé voraz, saliva goteando, él gimiendo ‘puta madre, qué boca’. Le metí los huevos en la mano, lamiendo el tronco hasta la base.

Follada urgente en la habitación antes del vuelo

Me tiró en la cama, falda arriba, braga a un lado. ‘Estás empapada’, dijo, dedo en mi coño. Gemí, ‘fóllame fuerte, no tenemos tiempo’. Lengua en mi clítoris, chupando como loco, dos dedos dentro, curvados tocando el punto G. Me corrí rápido, gritando, jugos en su cara. ‘Sabe a miel’, murmuró, lamiendo más.

Me puse a cuatro patas, ‘ven, métemela’. Empujó, polla abriéndome entera, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Bombeaba duro, piel contra piel, cama crujiendo. Le arañé la espalda, ‘más, cabrón, rómpeme el coño’. Cambiamos, yo encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando, sus manos apretando mi culo. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Se corrió a chorros, caliente, yo explotando otra vez, contrayéndome alrededor.

Sudados, jadeantes, nos quedamos un rato. Anuncio por la tele: ‘Vuelo a Barcelona, embarque en 30 minutos’. Se vistió rápido, beso fugaz. ‘Ha sido brutal’, dijo. ‘Sin nombres, sin números’, respondí sonriendo. Bajó primero, yo recogí mi maleta, coño palpitando, semen goteando aún. Salí al aeropuerto, olor a café otra vez, pero con este fuego en el cuerpo. Mi secreto de viaje, puro vicio anónimo.

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