Estaba en escala en ese hotel cutre al lado del aeropuerto de Memphis. Mi vuelo a Madrid salía al amanecer, unas horas muertas. Olía a café quemado del lobby, y las altavoces graznaban anuncios de vuelos: ‘Última llamada para el vuelo 247 a Chicago’. Me senté en el bar de la sala común, con la clim rugiendo como un viejo avión. Draps blancos impersonales en las habitaciones, pero yo necesitaba algo de acción. Anonimato total, cero compromisos.
Ahí estaba él, Caleb, el camarero. Veinte años, delgado, con esa cara de chico bueno que trabaja en el hotel de sus padres. Pelo revuelto, sonrisa tímida. Me miró mientras servía un whisky a un viejo arrugado en el sillón. Nuestros ojos se cruzaron. Larga, intensa. Él dudó, limpió un vaso sin prisa. Yo crucé las piernas, sintiendo el aire frío en la piel.
La espera y esa mirada que lo encendió todo
‘¿Qué vas a tomar, guapa?’, dijo acercándose. Voz suave, sureña. ‘Un gin-tonic, fuerte. Tengo poco tiempo’. Sonrió: ‘Yo tampoco, mi turno acaba ya’. Hablamos. Le conté del viaje, de la libertad de no volver a ver a nadie. Él de su vida en esa ciudad de perdedores, del juicio famoso del mono que pasó aquí hace años. Mencionó a dos viejos, Darrow y Bryan, rivales en el juicio, pero amigos en secreto. Bebimos, reímos. Su mano rozó la mía al servir. ‘¿Subes?’, susurré. Él tragó saliva: ‘Sí… pero rápido, mis padres están arriba’. Decidido. Adrenalina pura.
Subimos al ascensor chirriante. Olía a desinfectante y humedad. En mi habitación, la clim zumbaba, cortinas finas dejaban pasar luces de pistas. Cerré la puerta, lo empujé contra la pared. Beso hambriento, lenguas urgentes. ‘Joder, qué ganas’, murmuró quitándome la blusa. Sus manos jóvenes, ansiosas, en mis tetas. Pezones duros al instante. Le bajé los pantalones: polla tiesa, gruesa, palpitando. ‘Chúpamela’, ordenó con voz ronca. Arrodillada en la alfombra áspera, la tragué entera. Saliva chorreando, él gimiendo: ‘¡Dios, qué boca!’. Le lamí los huevos, succioné fuerte, oyendo su respiración agitada.
El polvo urgente en la habitación fría
Me tiró en la cama, draps fríos contra mi espalda desnuda. Separó mis piernas: ‘Estás empapada, puta’. Dedos dentro, frotando el clítoris. Gemí alto, arañándole el pecho. ‘Fóllame ya, no tenemos toda la noche’. Se puso un condón rápido, me penetró de golpe. Polla dura llenándome el coño, embestidas salvajes. La cama crujía, sudor mezclándose. ‘Más fuerte, cabrón’, jadeé. Me volteó a cuatro patas, nalgada sonora. Entró por detrás, cogiéndome el pelo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’. Clavos en la carne, orgasmos explotando. Él gruñía: ‘Me corro… ¡joder!’. Eyaculó dentro, temblando.
Caímos exhaustos, respirando pesado. Minutos después, se vistió. ‘Vuelvo al bar’, dijo besándome. Yo, desnuda aún, piel pegajosa. ‘Adiós, chico’. Bajó. Yo me duché rápido, olor a sexo en el aire. Altavoz: ‘Embarque vuelo a Madrid’. Maleta en mano, ese recuerdo ardiente en mi cabeza. Ningún mañana, solo placer puro. Volé con sonrisa pícara.