Mi follada salvaje en el hotel del aeropuerto durante la escala

Estaba en escala en Barajas, Madrid, con unas horas muertas antes del siguiente vuelo. El bar del hotel al lado del aeropuerto olía a café quemado y a esos bocatas recalentados. Las altavoces no paraban: ‘Vuelo IB- whatever a París, embarque en puerta 15’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo, sentada en la barra, con las piernas cruzadas, falda corta que se subía un poco. Llevaba todo el día viajando, sudada, pero excitada por esa libertad anónima de los aeropuertos. Nadie te conoce, nadie te juzga, y en unas horas te vas.

Lo vi entrar, un tío de unos 42, moreno, camisa ajustada que marcaba pecho. Ojos que se clavaron en mí al instante. Se sentó dos taburetes más allá, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa rápida, y ya. ‘¿Esperando vuelo?’, me soltó. ‘Sí, unas horas libres. ¿Y tú?’. ‘Igual, escala eterna’. Charlamos de viajes, de lo jodido que es dormir en asientos. El alcohol soltaba la lengua. ‘Oye, ¿subimos a mi habitación? Tiempo hay, y mañana ni nos acordamos’, dijo él, directo. Me gustó el morro. ‘Vale, pero rápido, que mi vuelo sale al alba’. Subimos, el ascensor pitaba pisos, su mano rozó mi culo. Adrenalina pura.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, ventana con vistas a pistones de aviones despegando. ‘Dúchate primero’, le dije, quitándome los zapatos. Me tiré en la cama, encendí un porro para entrar en onda, el humo me relajó mientras oía el agua correr. Salió desnudo, joder, qué pollón. Debía medir 25 cm, grueso, venoso. ‘Hostia, qué bicho’, solté riendo. ‘Sí, no todas aguantan’, contestó guiñando. ‘Yo sí, pruébame’.

Me puse a cuatro patas, él se arrodilló detrás. Empezó lamiéndome los muslos, subiendo a las nalgas, lengua caliente contra mi piel fresca de la ducha que me di antes. ‘Qué rico culo’, murmuró. Me separó las piernas, lengua en el coño, chupando el clítoris como si lo conociera de siempre. Gemí bajito, ‘eh… sí, ahí’. Dos dedos dentro, curvados, tocando el punto G, mientras lamía el ano. No paraba, manos en mis tetas, pellizcando pezones. Perdí el control, orgasmos me subían, intenté girarme, ‘¿y tú?’, pero ‘Shh, disfruta’. Estaba empapada, jugos por sus dedos.

La urgencia del polvo antes del vuelo

‘Quiero esa polla’, jadeé. Me levantó las caderas, entró de golpe en el coño. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. Me follaba fuerte, bolas chocando, yo gritaba ‘más, cabrón’. Dolía y molaba, llenándome toda. Sacó, escupió en mi culo, dedo primero, luego la punta. ‘Relájate’, dijo, y entró lento. Hostia, nunca había sentido tanto. Me enculeaba a saco, manos en caderas, ‘toma toda, puta’. Yo me volvía loca, ‘sí, rómpeme el culo’. El zumbido del aire, olor a sexo y su sudor, anuncios lejanos de vuelos. Vino dentro, chorros calientes llenándome el recto. Se salió, semen chorreando al coño, me masturbé con él hasta correrme explotando.

Orgasmos dobles, sudados. Ducha rápida, yo llena de su leche. Bajamos, él dejó 200 pavos en la mesita, ‘por las molestias’, sonrió. Quise besarlo, pero no, labios para mi vida real. ‘Buen vuelo’, dijo. Yo al embarque, piernas temblando, coño y culo palpitando, ese recuerdo ardiente en mi maleta de mano. Mañana, otro aeropuerto, otra aventura. Qué vicio.

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