Mi follada salvaje en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, escale eterna de cuatro horas. El olor a café quemado del Starbucks me mareaba, mezclado con el pitido constante de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo AZ-456 a Roma, puerta 23’. Me senté en el bar cutre del hotel al lado, con mi maleta de cabina a los pies. Sudorosa por el viaje, falda ligera y blusa pegada por la humedad. Entonces lo vi. Alto, moreno, ojos penetrantes. Me miró fijo, como midiendo. Yo desvié la vista, pero el corazón me latió fuerte. Adrenalina pura. Viajera sola, siempre abierta a lo que pinte.

Se acercó con una cerveza en la mano. ‘¿Escale larga?’, dijo con acento italiano. Sonreí, nerviosa. ‘Sí, cuatro horas muertas. Tú?’. ‘Igual, vuelo a Milán al amanecer’. Charla tonta: trabajos, ciudades. Pero el roce de su rodilla contra la mía fue eléctrico. ‘¿Quieres subir a mi habitación? Solo unas horas, sin nombres, sin promesas’, solté de golpe. Dudó un segundo, sonrió lobuno. ‘Vamos’. Pagamos y subimos en el ascensor silencioso, manos rozando.

El cruce de miradas en la sala de espera

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado erizando la piel, zumbido lejano de aviones. Cerró la puerta y me besó brutal, lengua invasora, manos arrancándome la blusa. ‘Joder, qué tetas tan ricas’, gruñó. Caí de rodillas, le bajé el pantalón. Su polla saltó dura, venosa, goteando pre-semen. La chupé ansiosa, garganta profunda, babeando. ‘Así, puta, trágatela toda’, jadeó él, agarrándome el pelo. Tosí, pero seguí, bolas en la boca, oliendo a macho sudado.

Me tiró en la cama, falda arriba, braga rota de un tirón. ‘Mira ese coño depilado, chorreando’. Lamía mi clítoris hinchado, dedos metidos hasta el fondo, chapoteando jugos. Gemí fuerte, ‘¡Fóllame ya, coño!’. Se puso condón, pero lo rompí con los dientes. ‘Sin goma, crudo’. Entró de golpe, polla gruesa partiéndome en dos. ‘¡Qué coño tan apretado, vas a ordeñarme!’. Me follaba salvaje, embestidas brutales, cama chirriando. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. ‘Me corro, joder’, chillé, squirt empapando sábanas. Él gruñó, ‘Toma mi leche’, y eyaculó dentro, chorros calientes llenándome el útero.

La urgencia del polvo sin frenos

No paramos. Me puso a cuatro, nalgadas rojas, polla en el culo lubricado con saliva. ‘¡Ahí sí que aprietas, zorra!’. Dolor-placer, me corrí otra vez gritando. Sudor, olores a sexo, pieles pegajosas. ‘Una hora más’, susurró, dedos en mi coño mientras me sodomizaba.

Al alba, anuncio de vuelos rompiendo el silencio. ‘Mi avión’. Se vistió rápido, beso fugaz. ‘Gracias, desconocida’. Bajó sin mirar atrás. Yo en la ducha, semen goteando piernas, sonrisa tonta. Maleta en mano, embarque con coño palpitante y recuerdo ardiente. Volví a mi vida, pero esa follada anónima viaja conmigo siempre.

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